Despedida al acercarse la conclusión de la Gestión 2024-2026
Compañeras y compañeros de la Superintendencia de Bancos, mi #TeamSB:
Quiero comenzar siéndoles franco y claro, porque ustedes merecen escucharlo de mí directamente. El pasado 14 de abril me reuní personalmente con el Presidente de la República para solicitarle formalmente que, por motivos personales y familiares, no considerara la renovación de mi gestión al vencimiento del periodo actual, el próximo 16 de agosto. Fue una decisión que, como se imaginarán, he venido discerniendo por mucho tiempo y a la que arribé, junto a mi familia, con paz y convicción. Por eso los he convocado hoy: para rendir cuentas sobre la responsabilidad que el país nos confió, y ahora para despedirme de ustedes.
Durante seis años, hemos compartido algo que muy pocas personas en las casi ocho décadas de historia de esta casa han compartido entre sí. Hemos compartido una misión, y hemos compartido un tiempo: una etapa específica, complicada y exigente que la historia entenderá algún día mejor de lo que nosotros la entendemos hoy. Una pandemia. Una economía global que se rompió y se rehízo de maneras que nadie había anticipado. Un sistema financiero que, al mismo tiempo, hubo que defender, modernizar y hacer más inclusivo. Y en cada momento de ese recorrido, este equipo estuvo presente. Día tras día. Con discreción, con profesionalismo, con integridad. Sin pedirle al país que lo notara.
Antes de continuar, quiero dirigirme a las personas que hicieron posible que yo estuviera aquí.
A mi familia
A mi esposa, Alejandra: estuviste aquí en agosto de 2020 cuando esto comenzó, y estás aquí hoy cuando termina. Seis años. Tú sostuviste nuestro hogar para que yo pudiera sostener este. Todo lo que pude darle a esta institución, tú me lo diste a mí primero, aún en los momentos más oscuros y difíciles de mi vida.
A Eduardo, Ignacio, Eugenia y Helena: Gracias por ser mi razón de ser. Casi iniciando la gestión, en aquel día del Padre de julio 2020, me escribieron una carta que enmarqué y mantuve cerca de mí, para siempre apoyarme en ella, en los momentos de soledad que me sobrevinieron en el despacho. Decía en parte:
Ahora es nuestro turno ayudarte en esta nueva etapa de crecimiento, una etapa de golpes, de aprendizajes y, sobre todo, de victorias. Allá afuera puede que sea un camino solitario el de servir honestamente, pero recuerda que adentro de ti siempre estaremos juntos.
Ustedes, mis hijos e hijas, compartieron a su padre con el país durante seis años. Lo hicieron con paciencia, con buen humor, y sin quejarse. Tengo una deuda con ustedes que pasaré el resto de mi vida tratando de pagar.
Y hay un nombre más que este día no me permite callar: el de mi padre, Eduardo Fernández Pichardo. Él fue gobernador del Banco Central entre 1978 y 1980, y ejerció aquella responsabilidad con una dignidad y una honorabilidad que me marcaron desde niño. Veinticinco años después, en plena crisis bancaria del 2003, fue él quien me consiguió la cita con el entonces superintendente de Bancos, mi querido amigo y mentor Julio Cross. Entré con mi currículum en la mano a lo que hoy es mi despacho, y salí con mi primer empleo en el sector público. El primer día de esta gestión, en el discurso inaugural, se la dediqué públicamente a mi padre. Hoy vengo a decirle que aquella dedicatoria está cumplida. Papá no está en esta sala, pero va a leer estas palabras. Y por eso quiero que queden escritas: todo servidor público tiene un primer ejemplo, y el mío vivía en mi casa. El ciclo que hoy cierro empezó con él.
Ahora, a todos ustedes.
El por qué
Antes de continuar, quiero responder la pregunta que está en el aire de este salón. La pregunta que muchos de ustedes quizás se han hecho en estos últimos días, en pasillos, en almuerzos, en mensajes que me han llegado. ¿Por qué? Si la institución está fuerte, si el país nos reconoce, si el presidente Abinader confía en nosotros, si el equipo está unido, ¿por qué despedirme ahora?
Les debo una respuesta honesta. Y la respuesta tiene varias capas.
La primera es familiar y se la expliqué expresamente al Presidente cuando me reuní con él hace unos meses. Tengo dos hijas pequeñas que me necesitan presente en una etapa de sus vidas que no se repite. Seis años son muchos años en la vida de una niña. Esa razón sola sería suficiente, pero no es la única.
La segunda es una convicción personal sobre mi propio servicio. Desde el primer día, le prometí a mi familia, y me prometí a mí mismo, que esta sería una misión de tiempo definido. Y lo dije en voz alta, aquí, en el discurso inaugural de agosto de 2020: asumía esta responsabilidad por dos años. La confianza del Presidente convirtió esos dos años en seis. Seis años constituyen la tercera gestión más larga en la historia de esta querida superintendencia nuestra. Para mí, esa cifra no es un trofeo. Es la señal de que mi tarea está cumplida. Cada servidor discierne su propio tiempo, y cada institución tiene el suyo. Este es el mío.
La tercera razón es la más difícil de articular, pero quizás la más importante. San Ignacio de Loyola, cuya fiesta celebraremos mañana, enseñaba un principio que él llamaba la indiferencia espiritual. No indiferencia en el sentido de no importarle a uno las cosas. Indiferencia en el sentido de estar libre. Libre del apego a la honra o al deshonor, a la salud o a la enfermedad, a la vida larga o a la vida corta, al cargo o a la ausencia del cargo. Querer solamente aquello que sirva mejor al propósito de Dios.
Yo me conozco. Sé que seis años de un privilegio como este son suficientes para que yo mismo, con la mejor intención, empiece a confundir la institución con mi persona. Esa tentación no requiere de mala fe. Y yo prefiero no ponerme a prueba. Los jesuitas me enseñaron que la sabiduría no está solamente en romper las cadenas: está en no darles tiempo a que se forjen. Quiero irme mientras todavía está claro, para mí y para ustedes, que la institución no me necesita a mí, y que yo no necesito a la institución.
Por eso me voy. No porque la obra esté terminada. La obra nunca está terminada. Me voy porque me corresponde a mí soltarla, y quiero soltarla como se entrega lo que uno ama: con las manos abiertas.
Y antes de concluir esta explicación, quiero dejar una constancia de algo importante. El presidente Abinader me confió esta responsabilidad en agosto de 2020, y desde el primer día me dio lo que un supervisor bancario necesita y no puede otorgarse a sí mismo: autonomía, confianza y respaldo. En seis años, ni una sola llamada para pedirme lo indebido. Ni una. La independencia técnica con la que esta casa trabajó no fue una conquista mía. Fue una decisión suya, sostenida en el tiempo, y me parece de justicia decirlo aquí, delante de ustedes. Y lo mismo debo decir de la Junta Monetaria, que nos acompañó con seriedad y altura en cada decisión difícil de estos seis años. Me voy agradecido con el Presidente, en deuda con su confianza, y seguro de que pondrá esta institución en las mejores manos.
Los talentos
Ustedes me han escuchado citar, durante seis años, el mismo pasaje del Evangelio. El capítulo 25 de Mateo. La parábola de los talentos. Un señor sale de viaje y deja a sus siervos a cargo de su hacienda. A uno le entrega cinco talentos, a otro dos, a otro uno. Cuando regresa, no le pregunta a ninguno cuánto les fue entregado. Le pregunta a cada uno qué hizo con lo que recibió. Los que multiplicaron lo recibido son llamados siervos buenos y fieles. El que
enterró su talento por miedo a perderlo es reprendido, no por haber fallado, sino por no haber arriesgado.
Yo he creído, desde el primer día, que esa parábola era la única manera correcta de entender este trabajo. A nosotros se nos confió mucho. Una institución con casi ochenta años de historia. Un sistema financiero que protege los ahorros de millones de dominicanos. La confianza del Presidente, de la Junta Monetaria, de organismos internacionales, de la ciudadanía. Y como tantas veces les he repetido en nuestras conversaciones: a quien mucho se le confía, mucho se le exigirá. Ese era el peso real del cargo. No la solemnidad de las ceremonias, ni el rango protocolar. El peso era saber que nos habían entregado talentos, en plural, y que un día tendríamos que rendir cuentas de lo que hicimos con ellos.
Hoy, treinta de julio de dos mil veintiséis, es ese día.
Y mirándolos a los ojos, puedo decirles con la conciencia tranquila lo siguiente: no enterramos lo que nos entregaron. Lo multiplicamos. No por miedo, sino por convicción. No para nosotros, sino para el país. Las reformas que implementamos, la protección de más de medio millón de usuarios en ProUsuario, la inclusión de cientos de miles de nuevos dominicanos al sistema financiero formal, la modernización del marco prudencial y contable, la rehabilitación de estos edificios, el reconocimiento internacional que hoy disfrutamos: todo eso fue multiplicar el talento. Todo eso me permite rendir cuentas con la frente en alto.
Pero quiero que entiendan algo con absoluta claridad. Yo tuve el privilegio de firmar con mi nombre un trabajo que se hizo con las manos de ustedes. Las reformas no eran mías. La modernización no era mía. La protección a los usuarios no era mía. Yo fui un mayordomo durante seis años. Ustedes son la institución. Un Superintendente llega y un Superintendente se va. Ustedes se quedan. Yo fui un capítulo. Ustedes son el libro.
Dos imágenes para despedirme
He pensado mucho en estas últimas semanas en cómo despedirme de un equipo al que quiero tanto. Volví una y otra vez a dos imágenes que quiero compartir con ustedes.
Una es de una película que muchos conocen: Cinema Paradiso. Hay una escena inolvidable donde el viejo proyeccionista, Alfredo, que le ha enseñado al joven Salvatore todo lo que sabe sobre cine y sobre la vida, lo despide diciéndole: vete. Anda. No mires atrás. No seas sentimental. El último regalo del maestro al alumno es darle permiso para caminar hacia un futuro del que el maestro no formará parte. Lo más amoroso que puedo hacer por esta institución y por ustedes hoy es dejarles limpiamente, sin demorarme, sin intentar estar presente en una historia que ya no voy a seguir guiando. La Superintendencia es Salvatore. Ustedes son Salvatore. Tienen su propio futuro por delante.
La otra imagen es del General Douglas MacArthur, hablando ante el Congreso en 1951 después de cincuenta y dos años de uniforme. Los viejos soldados nunca mueren, dijo. Simplemente se desvanecen. Siempre me ha impactado esa frase, porque es honesta sobre algo que la mayoría de las despedidas tratan de disimular. El trabajo continúa. La institución continúa. La causa continúa. El individuo se desvanece, y así es exactamente como debe ser. La medida de un servidor público no es si el país recuerda su nombre. Es si el país está mejor porque él sirvió.
Hay un proverbio antiguo que dice que un hombre verdaderamente sabio planta árboles bajo cuya sombra sabe que no se va a sentar. Yo espero haber plantado algunos árboles aquí. Y espero, sobre todo, que ustedes se sienten en esa sombra durante muchos años, y que sus sucesores se sienten en ella después de ustedes.
La obra continúa
Entonces esto es lo que les quiero dejar. La obra continúa. La obra es de ustedes.
Quien sea que el Presidente designe para liderar esta institución a partir del 16 de agosto va a heredar un equipo que es más fuerte, más capaz técnicamente, más respetado internacionalmente y más comprometido con su misión que el equipo que yo heredé hace seis años. Eso es un logro de ustedes, no mío. Y les pido, como la última solicitud que les haré como su Superintendente, que le den a esa persona la misma lealtad, el mismo profesionalismo y la misma paciencia que me dieron a mí. El sistema financiero dominicano necesita que esta institución sea fuerte. Y la institución es fuerte porque ustedes lo son.
No estén tristes hoy. O si están tristes, no lo estén por mucho tiempo. Hicimos algo juntos que importó. Protegimos los ahorros de millones de dominicanos que nunca van a saber nuestros nombres. Fortalecimos una institución que va a sobrevivirnos a todos. Lo hicimos sin escándalos, sin interferencia política y sin perder nuestra integridad ni una sola vez. Hay personas en este país cuyas vidas están mejor, cuyo pequeño negocio recibió un primer préstamo, que recuperaron un ahorro que pensaban perdido hace décadas; gente cuya queja finalmente fue escuchada, que logró abrir su primera cuenta bancaria… Esas personas nunca van a saber que ustedes fueron la razón. Ese anonimato es lo más hermoso del servicio público. Ustedes hicieron el trabajo, y el trabajo habló por ustedes.
Los voy a extrañar. Voy a extrañar el ritmo de este edificio, nuestras reuniones de trabajo en el salón del segundo piso, encontrarme con ustedes en el ascensor o las escaleras, los desayunos, los almuerzos o los cafecitos “con el Súper”, las pequeñas e incluso grandes victorias que nadie fuera de esta sala entendería. Voy a extrañar verles las caras. Pero no los voy a extrañar por mucho tiempo,
porque Santo Domingo es pequeño y porque las amistades que se construyen en el trabajo difícil y a lo largo de tantos años son amistades que duran.
Al equipo que ha sido mi segunda familia durante seis años: gracias. Gracias por su confianza. Gracias por su paciencia con mis errores, que han sido muchos. A quienes les fallé, les pido perdón. A quienes pude ayudar de alguna forma, asegúrense de ayudar a su compañero. Gracias por las incontables horas que le dedicaron a un trabajo que nunca iba a ser celebrado fuera de este edificio. Gracias por dejarme servirles. Los jesuitas del Loyola me enseñaron, hace más de cuarenta años, que de eso se trata la vida: vivir para servir. Con ustedes compartí durante seis años esa maravillosa vocación.
Estoy dejando esta institución en sus manos. Pienso que es el cimiento más seguro en que podría dejarla.
La obra continúa. La obra es de ustedes. Que viva la Superintendencia de Bancos. ¡Que viva la República Dominicana! Y que Dios los bendiga a cada uno de ustedes, y a sus familias, como ustedes han bendecido a la mía.
Muchísimas gracias.

