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¿Qué es peor: la corrupción o la impunidad?

“Si quieres derrotar la corrupción debes estar listo para enviar a la cárcel a tus amigos y familiares”. Lee Kuan Yew

Por: Eduard Victoria Gelabert

La corrupción ha estado presente desde que existen las sociedades organizadas. No es exclusiva de países pobres ni de sistemas políticos específicos, sino una expresión de la naturaleza humana cuando existen oportunidades sin controles adecuados. Sin embargo, existe una diferencia entre tolerar la corrupción y normalizar la impunidad.

El comportamiento humano no se guía únicamente por valores éticos; también influye el temor al rechazo social y, especialmente, la certeza de que se pagará por las faltas que hayamos cometido. Cuando las reglas garantizan que los delitos no tendrán consecuencias, desaparece el principal freno para cometerlos. En ese sentido, la impunidad resulta más dañina que la corrupción misma, convirtiéndose en el verdadero cáncer de la sociedad.

Antes, el discurso oficial insistía en una supuesta intolerancia hacia la corrupción. Recordemos la famosa frase: “actuaré hasta por el rumor público”. No obstante, la realidad mostró lo contrario. Las instituciones encargadas de perseguir los delitos respondieron con pasividad ante escándalos ampliamente documentados, enviando el mensaje de que el poder político protegía a los suyos.

Esta protección se mantuvo incluso frente a una fuerte presión social, como la expresada en las protestas masivas de la Marcha Verde, que reclamaban el fin de la corrupción y la impunidad sin obtener respuestas firmes del gobierno.

A diferencia del pasado, hoy se actúa incluso cuando las investigaciones alcanzan a personas cercanas al poder. Ese hecho, rompe con una larga tradición de impunidad selectiva y envía el mensaje de que nadie debe estar por encima de la ley.

Algunos críticos argumentan que las acciones contra la corrupción responden a la presión de la sociedad. Pero incluso si ese fuera el caso, lejos de ser una debilidad, sería una señal de salud democrática. Un líder que escucha a su pueblo y actúa en consecuencia fortalece las instituciones; uno que ignora protestas masivas y protege a los corruptos, las degrada.

La corrupción puede ser, en ciertos contextos, difícil de erradicar por completo. La impunidad, en cambio, siempre es una decisión política. Y esa es la verdadera línea divisoria entre el ayer y el presente institucional de la República Dominicana.

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