Por Eduard Victoria Gelabert
Con la captura de Nicolás Maduro se abre en Venezuela un capítulo que, paradójicamente, puede resultar más complejo que el propio hecho de haberlo detenido: la necesidad de preservar la estabilidad, el orden y la gobernabilidad como condición indispensable para instaurar un régimen democrático y de derecho.
La experiencia histórica demuestra que derrocar a un régimen autoritario es apenas el inicio del problema. La verdadera dificultad surge cuando se intenta construir algo nuevo sobre las ruinas del viejo poder. En este contexto, Estados Unidos, actor clave del escenario venezolano, cuenta con dos modelos históricos claramente diferenciados.
El primero es el aplicado tras la derrota de Alemania y Japón al final de la Segunda Guerra Mundial. En ambos casos se comprendió que la reconstrucción exigía algo más que eliminar al liderazgo vencido. Se trabajó con sectores del antiguo aparato estatal para garantizar el funcionamiento de la burocracia gubernamental, preservar el orden social y evitar el colapso institucional. En Japón se mantuvo al emperador Hirohito como figura de continuidad; en Alemania se recurrió a cuadros administrativos que habían servido al régimen nazi. Aquella decisión, incómoda pero pragmática, permitió una transición ordenada. El resultado: dos democracias estables y economías prósperas.
El segundo modelo fue el aplicado en Irak, Afganistán y Libia. Allí se optó por el descabezamiento total del régimen: se disolvieron los partidos oficialistas, las fuerzas armadas y las estructuras estatales. Lejos de traer estabilidad, estas decisiones sumieron a esos países en el caos y a una permanente crisis de gobernabilidad.
Venezuela se encuentra ante esa misma disyuntiva histórica. Para la creación de una nueva era, resulta inevitable, aunque incómodo y moralmente frustrante, tomar en cuenta a sectores del chavismo que estén dispuestos a cooperar con la democratización del país. La realidad impone reconocer que las autoridades legítimas, aunque posean la razón jurídica y moral, no cuentan todavía con la fuerza suficiente, ni la influencia, ni el control efectivo de los resortes del Estado.
La historia demuestra que la gobernabilidad no se decreta, se construye, y para ello se necesita la colaboración controlada, vigilada y condicionada de quienes hoy todavía manejan estructuras claves del poder real.
Por ello, es una decisión inteligente por parte del gobierno de los Estados Unidos ignorar las voces que claman por una purga total e inmediata. La reconstrucción democrática de Venezuela se debe hacer con pragmatismo, no con revancha; con estrategia, no con improvisación.

