Por: Eduard Victoria Gelabert
Cuando la cobardía se disfraza de diplomacia, el abusivo siempre avanza
En la vida, aunque no se quiera, hay momentos en los que se debe actuar con firmeza, incluso con dureza, porque hay quienes confunden la corrección política y el pacifismo extremo con debilidad y cobardía. Esa no es solo una realidad personal. Es también una lección histórica.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, las democracias europeas permitieron que Adolf Hitler violara tratados internacionales y anexara territorios sin consecuencias reales. Lejos de contenerlo, lo fortalecieron. El resultado fue la invasión de Polonia y una reacción tardía que desencadenó el conflicto más mortífero de la historia.
El patrón no ha cambiado. Muchos consideran que, si a Vladimir Putin se le hubiera enfrentado con mayor firmeza tras la Anexión de Crimea en el 2014, quizás habría dudado antes de lanzar la invasión a Ucrania en 2022.
Algo similar ocurre con Irán. Tras décadas de tensiones, incumplimientos y amenazas, las múltiples negociaciones no lograron frenar sus ambiciones nucleares ni a su papel como ente desestabilizador del Medio Oriente.
Ante ese escenario, la presión directa es usada como herramienta por parte de Donald Trump. Que muy bien sabe hablar el idioma que los regímenes autoritarios entienden y respetan: el de la fuerza y la disuasión. Bajo esa premisa se ha llegado a un alto al fuego y a nuevas conversaciones.
La paz sigue siendo el objetivo. Pero sin firmeza, sin límites claros y sin capacidad de respuesta, esta deja de ser una solución y se convierte en una invitación a la escalada del conflicto. Porque el abusivo, sea una persona o un Estado no se detiene con bondad, se detiene cuando se le pone límites, y muchas veces debe ser, lamentablemente, por medio de la fuerza.
