Por: Eduard Victoria Gelabert
La diplomacia de las superpotencias definirá el siglo XXI
La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping representa mucho más que un encuentro diplomático entre dos jefes de Estado. En el actual escenario internacional, donde organismos multilaterales como la ONU o la OMC (Organización Mundial de Comercio), han perdido parte importante de su influencia, las decisiones tomadas entre Washington y Beijing tienen hoy un impacto determinante sobre el equilibrio mundial.
La relación entre Estados Unidos y China se ha convertido en el eje principal de la política global. Y es por ello que muchos analistas recuerdan la llamada “Trampa de Tucídides”, concepto inspirado en el historiador griego Tucídides, quien explicó cómo el ascenso de Atenas generó temor en Esparta y terminó conduciendo a una guerra devastadora: la guerra del Peloponeso. En términos modernos, la teoría plantea que cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante, el riesgo de confrontación aumenta considerablemente.
Muchos ven en la competencia entre Estados Unidos y China una versión contemporánea de esa tensión histórica. Pero se espera que esta vez la historia sea diferente.
El mundo necesita entendimiento, estabilidad y liderazgo responsable. Las tensiones económicas, tecnológicas y geopolíticas ya son suficientemente complejas como para permitir que la rivalidad entre ambas potencias derive en un conflicto mayor.
Tanto Donald Trump como Xi Jinping representan la defensa de los intereses de sus pueblos. Y precisamente allí puede encontrarse el camino hacia la cooperación y la comprensión de que hacer grandes a sus respectivas naciones no significa conducirnos hacia el enfrentamiento, sino en ejercer un liderazgo basado en la sabiduría, el diálogo y la capacidad de garantizar un futuro mejor, basado en acuerdos en que ambas partes salgan beneficiadas y por vía de consecuencia, la humanidad.
Si eso ocurre, la “Trampa de Tucídides” quedará solamente como un recuerdo lejano de una tragedia ocurrida hace miles de años, y no como el destino inevitable del siglo XXI.
