Por: Eduard Victoria Gelabert
El progreso también necesita árboles
Quien no conoció la Nagua de hace apenas unos años difícilmente entenderá todo lo que hemos perdido. Nuestras calles estaban bordeadas de árboles, las aceras ofrecían sombra a los peatones y los parques eran espacios donde las familias podían refugiarse del intenso sol caribeño. Hoy, esa imagen parece desvanecerse entre el concreto y el asfalto.
En los últimos años, la tala de árboles ha cambiado profundamente el paisaje urbano de Nagua, transformando gran parte del municipio en una verdadera jungla de cemento. Hoy, caminar por muchas de sus calles durante el día resulta mucho más incómodo, pues la sombra y el verdor han sido reemplazados por superficies que absorben y multiplican el calor.
Es una lástima que los parques remodelados, que deberían invitar al encuentro, al descanso y a la recreación, hayan perdido la frescura que los caracterizaban. Hace algunos años era común ver a los niños disfrutar un helado; a los jóvenes y adultos, conversar tranquilamente bajo la sombra de sus árboles durante las tardes. Hoy, en cambio, permanecer en muchos de esos espacios por varios minutos se ha convertido en un verdadero desafío debido a la intensa exposición al sol. Es una contradicción difícil de entender: se invirtió en renovar los parques, pero, al mismo tiempo, se les despojó de uno de sus elementos más valiosos: la sombra que hacía posible disfrutarlos.
Esta realidad contradice lo que hoy afirma la ciencia. Un estudio publicado recientemente en la revista PLOS Climate, elaborado por más de ochenta investigadores de distintos países, concluye que los árboles urbanos deben ser considerados infraestructura esencial, al mismo nivel que las carreteras, los acueductos o las redes eléctricas. No son un adorno. Reducen la temperatura, mejoran la calidad del aire, capturan dióxido de carbono, producen oxígeno, disminuyen la contaminación y contribuyen al bienestar físico y mental de la población.
Lo más preocupante no es solo la pérdida de árboles, sino la aparente indiferencia con la que hemos aceptado esa realidad. Ojalá llegue el día en que entendamos que sembrar un árbol y proteger los existentes, no es un gasto ni un gesto simbólico, sino una inversión en salud, bienestar y futuro. Porque una ciudad puede reconstruir una acera en pocos días, pero necesita décadas para recuperar la sombra de un árbol que se decidió cortar.
Una ciudad verdaderamente moderna no se define por la cantidad de cemento que acumula, sino por su capacidad de armonizar el desarrollo con la naturaleza.
