Por: Eduard Victoria Gelabert
El poder de informar y formar opinión ya no pertenece a una élite, sino a millones de personas conectadas a la red.
En República Dominicana estamos presenciando un cambio de paradigma en el que la información y la opinión ya no dependen exclusivamente de periódicos, emisoras de radio o canales de televisión, ni de aquellos grandes y “prestigiosos” comunicadores. Hoy, millones de personas pueden acceder a distintas voces, contrastar versiones y participar activamente en el debate público.
No es la primera vez que la historia presencia una transformación de esta naturaleza. La invención de la imprenta de Gutenberg democratizó el conocimiento y acabó con el control que unos pocos ejercían sobre la difusión de las ideas. Siglos después, internet y las redes sociales están provocando una revolución de dimensiones similares.
Durante décadas, un reducido grupo de periodistas y comunicadores marcó la agenda nacional. Sus opiniones influían en la percepción de la realidad y gozaban de un protagonismo casi exclusivo. Sin embargo, la irrupción de youtubers, creadores de contenido y comunicadores independientes ha cambiado ese escenario. Hoy existen muchas más voces compitiendo por la atención y la credibilidad del público.
Como ocurre con toda transformación, han surgido críticas hacia los nuevos comunicadores que se expresan a través de los medios digitales. Se les cuestiona por su preparación, su estilo o la forma en que presentan sus denuncias. Algunas observaciones pueden ser válidas, porque el rigor y la responsabilidad deben exigirse a todos. Pero tampoco puede olvidarse que los medios y los periodistas tradicionales nunca estuvieron completamente libres de sesgos, intereses o preferencias políticas.
La democracia se fortalece cuando los ciudadanos tienen la posibilidad de escuchar diferentes perspectivas, contrastar argumentos y formar su propio criterio.
La revolución digital ya ocurrió y no tiene marcha atrás. Los medios y los periodistas tradicionales seguirán siendo actores importantes, pero ya no son los únicos protagonistas. El poder de informar, opinar e influir dejó de pertenecer a una élite para distribuirse entre millones de ciudadanos. Y eso, lejos de ser una amenaza, puede convertirse en una de las mayores conquistas de la libertad y de la democracia en el siglo XXI.
