Por: Eduard Victoria Gelabert
“Ningún principio abstracto puede valer más que la libertad de un ser humano”.
El concepto de Soberanía Nacional ha sido elevado durante décadas a la categoría de principio inviolable del orden internacional. Se le invoca con solemnidad para condenar intervenciones externas y defender la autodeterminación de los Estados. Sin embargo, ¿puede un Estado reclamar soberanía legítima cuando oprime sistemáticamente a sus propios ciudadanos?
Con frecuencia, la comunidad internacional reacciona con indignación cuando un dictador es derrocado o neutralizado, denunciando una supuesta violación de la soberanía nacional. Pero esa misma indignación desaparece cuando ese régimen encarcela arbitrariamente, asesina opositores, reprime libertades básicas o condena a su población al hambre. Esta doble vara revela una profunda contradicción moral: se protege al Estado, pero se ignora al individuo.
Los regímenes autoritarios han aprendido a utilizar la soberanía nacional como un escudo político y retórico. En su nombre, bloquean toda crítica externa, rechazan el escrutinio internacional y justifican la represión interna. Así, la soberanía deja de ser un mecanismo para proteger a los pueblos y se convierte en una herramienta para perpetuar el abuso del poder.
Las instituciones internacionales, creadas para prevenir atrocidades y defender a los más vulnerables, muchas veces contribuyen a esta inacción al ampararse en el principio de la no intervención. Esta postura, lejos de ser neutral, favorece al opresor. Permanecer pasivos ante el abuso, como quien ignora la violencia contra una mujer o contra un niño porque “no es asunto propio”, implica una forma de complicidad moral.
La soberanía nacional pierde toda legitimidad cuando se utiliza para negar la libertad, la dignidad y la vida de las personas. Cuando un Estado actúa como enemigo de su propia gente no puede reclamar respeto a su soberanía, ya que en última instancia esta reside en el individuo, no en los gobiernos. Por lo que defender la soberanía nacional por encima de la soberanía individual y sobre el respeto a los derechos humanos no es prudencia: es complicidad.
“La neutralidad siempre ayuda al opresor, nunca a la víctima”. Elie Wiesel
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